cultura

LA ECUACIÓN IMPOSIBLE

Artículo de opinión de Óscar Sipán, portavoz de Con Huesca Podemos Equo en el Ayuntamiento de Huesca

Huesca, 13 de noviembre de 2020

La legislatura en el Ayuntamiento de Huesca nació con el aire viciado de un voto en blanco. Y en ese ambiente extraño, de negociaciones oscuras y desconfianza, en mi estreno como patrono de la Fundación Beulas, descubrí que el Centro de Arte y Naturaleza (CDAN), el museo mejor valorado de Aragón según el Observatorio de la Cultura, rozaba la bancarrota.

Cuando arrancas un proyecto en época de vacas gordas (27 de enero de 2006), con un presupuesto que roza los dos millones de euros y once trabajadores/as, y se vende a los medios de comunicación que será un referente del arte contemporáneo español, y se proyecta una segunda fase para convertirlo en el Centro Aragonés de Arte Contemporáneo, y llega una crisis financiera como la de 2008, y las instituciones adelgazan las partidas económicas hasta dejarlo en los 417.000 euros de presupuesto que tiene en la actualidad y que tan sólo sirve para ir pagando deudas y ver cómo se desangra, y a esa ecuación le sumas una pandemia mundial, la supervivencia es casi imposible.

Y me acuerdo de José Beulas, y de todo lo que me contó una tarde de hace 15 años. En 1943, al cumplir el servicio militar en la Agrupación de Montaña de Barbastro, donde buscaban maquis escondidos en la sierra, descubrió la sobriedad de los campos de trigo y del secano oscense, paisajes muy diferentes a los de su infancia en Santa Coloma de Farnés. Se enamoró de una tierra y de una mujer, María Sarrate, y se quedó a vivir en Huesca. El alcalde Vicente Campo vio algunas de sus obras y quedó profundamente impresionado. Al enterarse de su formación autodidacta le propuso estudiar becado por el Ayuntamiento y la Diputación. Lo pensionaron para emprender su formación artística en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Como dice el refrán: “De bien nacido es ser agradecido”. Y José Beulas nunca olvidó ese empujón en los comienzos de su carrera.

A mediados de los cincuenta, tras ganar por oposición una de las prestigiosas becas por cuatro años en la Academia Española de Bellas Artes en Roma, José Beulas y María Sarrate inician su colección de arte (sin ninguna perspectiva museística) comprando, cuando su economía se lo permitía, obra de sus compañeros de academia. Es un caso excepcional: no es nada frecuente que artistas de prestigio reconocido y que vivan de su oficio, adquieran obras de arte firmadas por otros. Viajan mucho por Europa, pero es en Roma donde coinciden con el arquitecto Rafael Moneo, también becado. Pasarán varias décadas antes de que sus caminos vuelvan a cruzarse.

A su regreso a Madrid, a comienzos de los sesenta, José Beulas es ya un pintor consagrado. Como botón de muestra, durante años recibe encargos de una petrolera americana, la Phillips Oil Company, y cuelga sus lienzos en la última planta de un edificio en medio del desierto, construido por el afamado arquitecto Frank Lloyd Wrigth, en Oklahoma.

El matrimonio Beulas vive más de treinta años en la capital de España y deciden regresar a Huesca, donde se plantean devolverle a la ciudad aquellas trescientas pesetas mensuales con las que José pudo marcharse a estudiar. En un acto de generosidad acuerdan ceder, ante notario, su finca en la carretera de Ayerbe de cinco hectáreas y sus edificios, además de parte de su colección de arte para prestigio y disfrute de los ciudadanos. La colección completa estaba compuesta por 182 obras de pintura, escultura y dibujo, desglosada en obra propia (veinte óleos, cinco dibujos, dos acuarelas y un gouache, mayoritariamente de los años cuarenta y cincuenta), obra escultórica (sesenta y dos esculturas que van desde las once esculturas de Joaquín García Donaire  hasta el “San Narciso de las moscas” de Salvador Dalí), tapices y obra sobre papel (veintiocho piezas en las que se incluye un tapiz de Joan Miró que presidirá la entrada del museo, una pieza de Eduardo Chillida, una serigrafía de Antonio Saura o un grabado de Antoni Tàpies) y obra pictórica (sesenta y cuatro lienzos que abarcan desde la pintura del siglo XVI, con Juan de Ancheta, del siglo XVIII, con Ramón Bayeu, hasta llegar a la pintura de vanguardia a lo largo del siglo XX, con Rafael Zabaleta, Oscar Domínguez o Karel Appel, entre otros).

Tan sólo pusieron dos condiciones innegociables: un lugar digno para las obras donadas, supervisado por el matrimonio, y que éstas no salieran de la ciudad. En 1991, con Enrique Sánchez Carrasco, como alcalde de Huesca, se barajan diversas opciones: el Palacio de Villahermosa, la Iglesia de Capuchinas, el Seminario, el antiguo Matadero, el edificio de Almacenes Simeón…, pero ninguna llega a buen término. Años más tarde, siendo alcalde Luis Acín, se propuso construir un edificio de nueva planta en la finca del pintor o en las cercanías. Se decidió comprar tres hectáreas colindantes por el norte con la finca. Aragón carecía de un Museo de Arte Contemporáneo, y en Zaragoza acababa de fracasar una propuesta en ese sentido. Capitales de provincia con colecciones de menor importancia disfrutaban de Museos de Arte Contemporáneo. En España, apenas existía un puñado de museos de este tipo. Pero desde mediados de los ochenta el goteo ha sido constante, con la inauguración de más de ciento cincuenta por todo el territorio nacional. Era necesario disponer de un proyecto muy atractivo. Por eso José Beulas exigió un arquitecto de renombre internacional (Rafael Moneo, al que no había visto desde finales de los años cincuenta en Roma). Para poder elegir un arquitecto sin concurso público, se le sugirió crear una fundación que llevara su nombre: la Fundación Beulas.

Como el germen del proyecto era un pintor paisajista, Rafael Moneo, tras contemplar la colección de arte y el solar, decide aceptar el desafío (presupuesto reducido, modestas dimensiones y financiación en el aire). El arquitecto concibe la obra para integrarla en el arisco entorno de la Hoya de Huesca y las estribaciones de las sierras prepirenaicas. Para Moneo también es “un homenaje a su madre, que era hija de Huesca”, además de “ayudar a un amigo al que conozco hace muchos años”, según contó en las entrevistas de la época.

El edificio, construido de hormigón en color crema y dividido en dos partes bien diferenciadas, fue concebido, en absoluta armonía con el medio ambiente, como un volumen ondulado que emerge del suelo, como un árbol que nace o una montaña.

Moneo, que expuso el proyecto en la Bienal de Venecia, ideó un sistema de prismas que impiden que las obras expuestas reciban la luz directamente (eso tan sólo un día al año, el veintiuno de junio, en el solsticio de verano) con el leit motiv de iluminar una gran sala de mil metros cuadrados. Rodeado de agua de lluvia, como una extraña isla, las viñas de Enate (1500 cepas de la variedad Merlot, 670 de Tempranillo y 428 de Sirah) le dan la bienvenida al visitante.

Ahora que el futuro del Centro de Arte y Naturaleza se tambalea, pienso que la apuesta en Cultura puede ser un revulsivo para una ciudad, y me acuerdo del Museo Guggeheim de Bilbao, que ha generado 3.173 millones de euros desde su inauguración, 37 veces el costo desde su construcción en 1997. Pero el prestigio, sin dotación económica, sin apuesta política, sin un plan a largo plazo por parte de las instituciones que lo sostienen, sirve para poco.

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